dilluns, 22 de juny de 2009

11. SEGLE XX PRIMERES AVANTGUARDES: DOCUMENTS



—Oh, fixa't que bufons—va entendrir-se la tieta Ma­me—. Els colors rosats i daurats de la complexió dels angle­sos. Semblen sortits d'un anunci dels cosmètics Yardley!

La tieta Mame era curta de vista i massa presumida per dur ulleres, però els meus ulls hi veien prou bé per adonar-me que sí la firma Yardley hagués estat anunciant moltes pells com aquelles, hauria fet molts anys que hauria fet fa­llida. Aquelles criatures eren els típics vailets cockneys, ra­bassuts, de genolls malgirbats i costelles prominents, que trobes als barris baixos de Londres, i els cinc anys passats amb la santa de la senyora Armbruster no havien servit pas per fer-los millorar.
(294)

L'endemà del Dia de la Victòria, la tieta Mame va anar a Elizabeth Arden i va demanar un tractament integral. Quan en va sortir semblava deu anys més jove, llevat de la metxa blanca absolutament natural que se li veia entre els rínxols. Aquells cabells blancs eren, efectivament, del tot genuïns, per() no juraria el mateix dels cabells negres que els envoltaven. La tieta Mame es va descriure com de qua­ranta-molt-ben-portats, tot i que de fet en tenia cinquan­ta de repicats, i va fer moltes referències a la fértil collita d'aquella estació femenina.
(319)

Patrick Dennis. La tieta Mame (Auntie Mame, trad. F. Parcerisas). Ed. Quaderns Crema, 1ª ed. 2010, Barcelona. ISBN: 9788477274865. 382 pgs.

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05.05.1921
Llançament de Chanel núm. 5
El perfum més famos del món va sortir al mercat per encàrrec de la disenyadora francesa Coco Chanel. Ella volia un perfum que fes olor de dona autèntica, ni de monja n de prostituta. De les vuitanta barreges que li van presentar, va escollirb la número 5 i per això va decidir començar a vendre -la el dia 5 del mes 5. Et voilà, Chanel núm. 5.


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1921
Lanzamiento del perfume Chanel N° 5. Realizado por Ernest Beaux Con una base de jazmín, fue el primer perfume con el nombre de una diseñadora.

(222)

1918-1928
Los pinta labios se guardaban en pequeños neceseres joya, realizados por joyeros como Van Cleef & Arpels y Cartier, en plata y oro, esmalte, nácar, jade y lapislázuli, también había copias baratas realizadas con piedras de cristal de Colores y plástico. Estos neceseres a veces tenían un mini compartimento para la barra de labios que colgaba en una borla o también se guardaba en un brazalete de baquelita que se llevaba en la muñeca. Mientras la flapper brillaba en la pista de baile, su bolso tenía que ser ligero y fácil de llevar. El tango, un baile popular de Sudamérica, prestó su nombre a un bolso con anillas o con cordones que se ataban en el brazo.

(239)



1927
La estadounidense Helen Wills, ganadora de 31 títulos del Grand Slam, utilizó una sombra de ojos que fue muy copiada.
(252)


1938
Schiaparell inventó el bolso Lite-Ori en colaboración con Dalí. Dos bombillas interiores iluminan un espejo con un compartimento para el pinta labios.

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Marnie Fogg (dir.). Moda. Toda la historia. (Fashion. The Whole Story, trad. R. Cano – A. Diaz). Ed. Blume, Barcelona 2016. ISBN: 9788498018905. 576 pp.

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Pinzellades en remull
Pierre Bonnard, "La gran banyera" (1937-1939)
Una noia d'origen humil, Maria Boursin, es va convertir en la model, amantimuller del pintor francès Pierre Bonnard, cèlebre pels cartells publicitaris. La noia, que va canviar el nompel de Marthe de Méligny per semblar aristocràtica, es passava bona part del dia en remull, fet que hi ha qui ho atribueix a una obsessió, mentre que d'altres apunten que patia una dermatitis Severai que els banys li calmaven la picor. Foscomfos, el lavabo es va convertir en el centre de la casa, i Bonnard va pintar molts quadres della seva estimadarentant-se. Els anys passaven, i ell continuava plasmant les mateixes escenes, amb diferents perspectives però mostrant sempre Martha nuaieternament jove. Tenia una manera particular de pintar. Noli feiamantenirunapostura, sinó que l'observavaila pintava en les activitats quotidianes, per això els seus quadres transmeten la impressió duma instantània. D'altra banda, el pintorprenia es bossos en blanci negre, i després, a l'estudi, deixava fluir els colors de memòria, creantum teixit fet de colors harmònics en gradació, molt rics, que es fomen isestenen com un feix de llum incandescent, Curiosament, a mesura que l'artista envellia, les seves obres esfeien més brillants.
Per aconseguiraquestefecte calun treball meticulós a base de pinzelades minúscules. Bonnard no el donava mai per acabat, fins al punt que quan visitava els museus on sexposaven les seves obres, no es podia estar de ferhi alguns retocs mentre un amic i còmplice, probablement el seu marxant, Ambroise Vollard, distreia el personal.
MONTSE ARMENGOL. Article revista Sàpiens núm. 178, febrer 2017, pàg. 16.


Resultat d'imatges de gran bañera bonnard

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Època, principis segle XX, moltes influències del segle XIX, històries de la moda, del pentinat i del maquillatge

—Eugenia — le dijo —, voy a salir; tengo necesidad de aire libre y también de los servicios de un peluquero. Cuidará usted de que no falte nada, a fin de que esté yo dispuesto en algunos minutos si, por casualidad, volviera con retraso. Extenderá usted mi frac sobre mi cama, cepillará mi sombrero, untará de manteca mis escarpines y colocará en mi plastrón el alfiler de perlas para que no me estropee yo los dedos en el último momento. Pondrá a mi alcance mi corbata y mis guantes, los cuales le he rogado que los cuelgue de un bramante en una corriente de aire para librarlos de ese insoportable humo a bencina con el que un verdadero gentleman no debe jamás incomodar a sus semejantes. De paso dará usted una hoja de lechuga a la tortuga, que no ha comido nada desde hace cuatro meses, y procure no hacerle abandonar mi cuarto, porque, como me es imposible obtener de usted que tenga al buitre en la cocina, se la encontraría en el corredor y la atacaría con violencia. Hasta la vista. Deme cincuenta céntimos. A su regreso de Constantinopla, mi padre la indemnizará a usted.

En la calle, Santiago de Meillán observó que hacía muy buen tiempo, y como no habitaba lejos de la Cannebière, bajó hasta allí. La muchedumbre era la misma que los demás días del año: vendedores de naipes transparentes, floristas, hombres mantenidos por las mujeres, mujeres mantenidas por otros hombres, periodistas, agentes de cambio, comisionistas, bebedores de ajenjo — ya —, levantinos cargados de tapices con hilillos de oro representando todos el Angelus, de Millet...

“Está muy buen día — pensó —. La temperatura justifica el atrevido aserto de mi compañero Alfonso Caquet, quien afirma que la vida es hermosa. Todo va bien en la más alejandrina de las ciudades de Francia. Pero ¿adónde van todos esos Angelus de Millet? ¿De dónde vienen? ¿Qué se hace con ellos? Aquí no hay más que cuatrocientos setenta mil habitantes, una buena parte de los cuales no tiene con qué ofrecerse un tapetillo para lámpara. Aun suponiendo que todos tengan uno, ¿qué es de los demás tapetillos de tapiz...? Y eso no se gasta. Pronto hará tres años que mi amiga Paulita Azouley tiene en su mesa... ¡Ah! Ahora que pienso en Paulita... Pues era para hoy para cuando prometí llevarle el frasco de agua oxigenada que por consejo mío debe ensayar en sustitución del henné con que desde hace tanto tiempo ensucia su cabellera... Verdad es que no tengo dinero... ¡Bah! Si me apuran un poco, diré que envíen a cobrar a su casa. Esto sería un pretexto honrado para entrar en casa de Palanquin y Panka, el perfumista... ¡Cuán bien se está en casa de un perfumista! ¡Cuán blancas son las paredes Cuán cómodas son las sillas Cuán afables son las señoritas dependientas! ¡Qué lástima que se vea uno forzado a comprar algo y a marcharse! A Dios gracias, la Providencia, que decididamente se ocupa de mí, ha desparramado por el establecimiento algunas señoras clientes, que van a permitirme permanecer acá dedicado a la buena dicha de respirar.”
Por secretas y mentales que fueran estas palabras, fueron fatales para Santiago, como todas las frases en que se ha cometido la imprudencia de nombrar a la dicha, igual que a una persona presente. Muy pequeña era la dicha de estar sentado en un establecimiento de perfumería. Pues bien; si nuestro héroe hubiera tenido la menor experiencia de la vida, no habría convenido en ello. Porque de aquel instante dataron la turbación y el trastorno en su existencia: el Amor, al que no esperaba sino a partir de medianoche, a las cuatro menos cuarto entró en su existencia y se hizo su dueño.

Cuando estaba sentado, ebrio de perfumes diversos y aguardando tranquilo, he aquí que se volvió hacia él una señora rubia, con el rubio ideal y principesco de los tintes, la cara radiosa y mate alumbrada por dos ojos azul cambiante, fina, alta, vaporosa, divina, y sin embargo, viviente, humana; una señora a la que él ya no podría describir, una aparición tangible, y no obstante, a dos mil leguas de toda aproximación. Y esta dama hablaba, se dignaba emplear la lengua vulgar y cotidiana que comprenden los mercaderes, consentía en discutir con aquellos seres inferiores, tan estúpidos, que ni siquiera tenían aspecto de sospechar que era Ella, ¿Lo harían adrede...?

Ella decía:

—Va usted a darme un tarro de Crema Simon. Su último carmín no estaba fresco. Haga el favor de enseñarme uno más tenue.

Ciertamente, habría que ser el último de los hombres para no advertir que, al decir estas banalidades...

(Pàgs. 34-35)

Aquella señora compraba afeites. Bueno, ¿y qué...? ¿Acaso el encanto de su sonrisa no desmentía lo que esta gestión tenía de terrestre? ¿Acaso no establecía un límite indubitable entre la mujer de mundo que ella quería parecer y el silfo, ligero, nacido para el único Amor, que era aun en contra de mi prejuicios en que quizá creía? Y el mismo Santiago, al paso de este instante revelador, comprendió que los cincuenta céntimos que tenía en el bolsillo, el frac de su tío Adolfo que iba a ponerse, los bailoteos de la señora Morille, la existencia y los viajes de su padre, la inquietud a causa de su barba descuidada y lo distraído de la ropa que llevaba no eran nada más que los accidentes y los pretextos de un ser insospechado y que acababa de surgir, aéreo, ardiente, tremante de deseo, maravillosamente atraído y poseído por aquella transeunte

Durante un segundo, la dama rubia vio a Santiago de Meillán y vio que la miraba. Pero era demasiado dama rubia para escuchar al hada, Pagó la crema y el carmín, sopló sobre la nube blanca del boa, en el cual quedó envuelta de repente, y partió. (…)

 (…) Pensando ir arrimado a los muros hasta la peluquería más próxima, no se había quedado sino con su pantalón viejo de mañana y su camisa de noche, sobre la cual una larga levita abrochada ponía una máscara de respetabilidad impenetrable, pero inquietante. A falta de cuello postizo, se había contentado con un pañuelo de seda malva perdido con un alfiler de ópalo. Y llevaba un bastón en la mano. Así acondicionado, no se asemejaba a nadie, pues si la levita larga le hacía parecerse a un conspirador bonapartista de 1820, su aire de juventud cándida daba un formal mentís a esta suposición. Tenía el aspecto de lo que se quiera, de un vendedor callejero, de un obrero desocupado, de un loco — aunque un no sé qué de irónico y de y de afable en sus modales revelara una educación mundana—; pero seguramente no recordaba de ningún modo al “señor que sigue a las mujeres”, y aquella tarde seguía a una por primera vez en su vida.

(Pàgs. 36-37)

—Señora, la verdad es que voy de lo más desaliñado, tengo la barba crecida y mi levita estaba de moda hace setenta y cinco años; pero yo no podía prever que sería hoy precisamente, una de las escasas veces en que me ha ocurrido salir sin hacerme el tocado, cuando la encontraría a usted en casa de Palanquin y Panka, el perfumista. No repare en estos detalles, señora. La he amado en seguida (no se manda en el Destino), y en adelante me sería tan imposible dejarla como a usted huirme, si, después de haberme visto mirarla, fuera usted tan cruel...

—Pero —dijo la dama rubia — yo soy una mujer honrada, caballero.

— Me tomaría usted por un sinvergüenza, señora? Gracias a Dios, somos personas honradas ambos. Pero, si usted lo permite, desde este atrio surcado de corrientes de aire vamos a subir al primer piso. Allí regatearemos faldas; hay un rico saldo de indianas cuyos precios y méritos diversos podremos discutir muy bien. Yo pasaré por pariente de usted... por pariente pobre, tranqui1ícese... El ascensor está a la izquierda... Me llamo Santiago de Meillán, señora, soy joven todavía y de una familia excelente: puede usted conocerme sin rebajarse.

Estaban en el ascensor. Despectivo y lejano, no los miraba el mozo. Santiago repuso :

—Por otra parte, ¿qué importan su nombre y el mío? Yo la amo... la amo de un modo extraordinario, revelador, ardiente, loco, extraño. Usted se cree, sin duda, una señora rubia que compra cosas en los almacenes; pero se equivoca... Usted es un hada, la más deliciosa, la más paradójica, la más amada de las hadas...

(Pàgs. 38-39)

Francis de Miomandre (1880-1959). Escrito en el agua (Écrit sur l’eau, trad. G. Gómez de la Mata). Ed. Plaza & Janés, 2ª ed. 1964. Época 1968. “Los Premios Goncourt de Novela, vol. 1”, sense ISBN. 134 pàgs.

Època, principis segle XX, moltes influències del segle XIX, històries de la moda, del pentinat i del maquillatge


—Harías mal— dijo el señor Cabillaud—. Mira, es asombroso lo que puede uno reducir su presupuesto a medida que se va adquiriendo el sentido de la realidad. Así, ya ves a Paillon. Es un mozo bastante mediocre de inteligencia y de ingenio, y de una instrucción más bien sumaria. Como médico, yo no le confiaría ni un callo, por miedo a que me lo transformara en un absceso incurable. Pues bien; considera cómo vive. Ha sabido arreglarse para dormir y tomar sus comidas en casa de su prima, pagándola en consultas menudas; hace durar tres años sus vestidos, gracias a los cepillos y a los extensores y evitando salir cuando llueve. Con cuatro sueldos de bencina para limpiar su corbata blanca, creo que sale del paso. Se afeita solo y no hay memoria que recuerde haberle visto dar una propina a un mozo de café. En cuanto a las mujeres no solamente no le cuestan nada, sino que siempre ha evitado el desilusionador y dispendioso cuarto amueblado, recibiéndolas en su casa cuando su prima está ausente o en casa de ellas cuando las ha escogido esposas de laboriosos empleados asiduos o de viajantes.

Francis de Miomandre (1880-1959). Escrito en el agua (Écrit sur l’eau, trad. G. Gómez de la Mata). Ed. Plaza & Janés, 2ª ed. 1964. Época 1968. “Los Premios Goncourt de Novela, vol. 1”, sense ISBN. 134 pàgs.  Pàg. 117.

Firmó el billete y recibió de la señora Verrière la seguridad tan formal como verbal de que no sería molestado en el caso improbable de que, el veintiuno de abril, experimentara dificultades para redimirse, pues ella tenía dispuestos, para ayudar a su joven cliente, mil recursos, el más anodino de los cuales era una renovación por tres meses duplicando el valor del billete, y el más seguro un chantaje organizado contra el señor Gripenberg, de quien ella sabía muchas cosas. Luego le dio él las gracias, le juró un agradecimiento duradero y se retiró, apretando con su codo replegado contra su jaquette la cartera donde el recorte de cincuenta francos, comprado tan caro, dormía, aguardando la continuación de su destino errante de billete de banco.

Francis de Miomandre (1880-1959). Escrito en el agua (Écrit sur l’eau, trad. G. Gómez de la Mata). Ed. Plaza & Janés, 2ª ed. 1964. Época 1968. “Los Premios Goncourt de Novela, vol. 1”, sense ISBN. 134 pàgs.  Pàg. 129.

El señor Tintouin condescendió con su sonrisa. Eugenia, correctamente ceñida con un delantal blanco, y disimulando con una capa de polvos de arroz las livideces y las arrugas de sus fatigas nocturnas, fue a remplazar las conchas de ostras con una tajada colosal de caballo con manteca de anchoas, que levantó un murmullo de admiración.


Francis de Miomandre (1880-1959). Escrito en el agua (Écrit sur l’eau, trad. G. Gómez de la Mata). Ed. Plaza & Janés, 2ª ed. 1964. Época 1968. “Los Premios Goncourt de Novela, vol. 1”, sense ISBN. 134 pàgs.  Pàg. 76.

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La graciosa rubia, desde que era rica, se perfumaba de un modo violento, como si quisiera aislarse del hedor de fango que envolvía al lago. Se lavaba poco la cara, como todas las mujeres de la isla; su piel no era muy limpia, pero jamás faltaba sobre ella un capa de polvos, y a cada paso sus ropas despedían un rabioso perfume de almizcle, que hacía dilatar el olfato con placentera beatitud a los parroquianos de la taberna.

Vicente Blasco Ibáñez. Cañas y barro. Ed. Plaza & Janés, 3ª ed., Barcelona, 1978. ISBN: 84-01-80525-2. 254 pàgs. Pàg. 100.


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Maquillatge, vers 1914
Como mis padres no dejaban a mi hermana maquillarse, tenía que hacerlo en las escaleras, cuando salía, casi a oscuras. Esta vez lo hizo en el circo, mientras yo sacaba las entradas.


Ramon J. Sender. Crónica del alba, 1. Ed. Destino, Barcelona, 1ª ed. 1973. ISBN: 84-233-0813-8. 658 pàgs. Pàg. 342.

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Encara sento el perfum d'una mena de pòlvores de tocadors -em penso que les va robar a la criada espanyola de la seva mare-, dolcenc, vulgar, moscat. Es barrejava amb l'olor de galeta del seu cos i, de cop, els meus sentits eren a punt de sobreeixir; una remor sobtada en uns matolls propers va impediar que es desbordessin- i mentre ens separàvem i, amb les venes bategant, escoltàvem allò que sens dubte era la fressa d'un gat que rondava,...
(Pags. 18-19)

Vladimir Nabokov. Lolita (Lolita, trad. J. Daurella). Ed. Edhasa, 1ª ed. Barcelona, 1987. ISBN: 84-350-3366-X. 310 pàgs.
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Des de 1936 les noies van formar part obligatòriament de la secció femenina de les Joventuts Hitlerianes, la Lliga de les Noies Alemanyes, de les quals moltes farien el salt cap el Partit Nazi. Els líders nazis propugnaven l'ús de bellesa forjat en la dieta i l'exercici i rebutjaven l'ús dels cosmètics -un producte jueu que conduïa a la degeneració racial. Una edició especial de Mein Kampf, el llibre de Hitler, era un regal de noces habitual i lectura obligatòria a les aules, on la genealogia i la instrucció per triar un bon marit passaren a substituir assignatures com el llatí.

Les dones de Hitler. Marta Solé i Andreu Mayayo. Art. revista Sapiens núm. 152, febrer 2015. Pàg. 47.
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 -Una mujer ha de cuidar con gran esmero de su propio aspecto -me dijo-. A diferencia de los hombres, estamos siempre en escena. Los hombres pueden peinarse de la misma forma, llevar el mismo estilo de traje o zapatos durante años. No se maquillan, ni tienen que preocuparse por alguna mancha en la piel. Pero una mujer... -me dijo, haciendo una pausa para volverse hacia mí y fijar sus suaves ojos castaños sobre mio rostro- una mujer siempre está interpretando una gran entrada, desde el primer día que entra en la escuela hasta el día que sube al altar para casarse. Cada vez que una mujer entre en una sala, todos los ojos se posan en ella un instante, y de inmediato se extraen conclusiones. No menosprecies nunca la importancia que tienen las primeras impresiones. Lillian querida. -Se hechó a reir y volvió a mirarse en el espejo-. Como decía mi madre, el primer chapuzón es el que más moja a todo el mundo y el que todos recuerdan durante más tiempo.


V. C. Andrews. La hora más osccura. (Darkest Hour, trad. A. Kerrigan). Ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1994. ISBN: 84-226-5266-8. 384 pàgs. Pàg. 26.


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1937 ca
-Queixant-se de la calor, com tothom. Els pobres monarques s'han estat quasi tota l'estona al porxo. Però fins i tot allí, hi feia calor. Nosaltres no hem fet res més que donar tombs pel jardí. Em sembla que duu maquillatge el rei (Jordi VI del Regne Unit). Té un color terriblement terrós, i el seu cutis sembla molt fi.

-Com el teu.
(Pàg. 109)

Ella el besa a la galta; el senador reacciona pel perfum que duia. Sí, avui tot rutllaria adequadament. En tenia la certesa, excitat com sempre per les seves maneres (atentes, bé que estudiades) i per la seva figura (perfecta i acurada). Sobretot, li plaïa la seva pal·lidesa. Tant si no duia maquillatge com si en duia (i en aquest cas estava discretament aplicat) semblava... una camèlia, un mot que inesperadament conjura la imatge d'una flor rosada esplendent. És clar que també hi havia camèlies blanques.
(Pàg. 157)

Gore Vidal.Washington, D.C. (Washington, D.C., trad. Jordi Arbonès). Ed. Proa, Barcelona, 1985. ISBN: 84-7588-074-6. 418 pàgs.

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1929
L'Exposició Internacional de 1929, celebrada a Barcelona, seria el punt culminant d’aquest període, perquè els anys trenta estarien marcats per una devastadora crisi econòmica d’abast mundial. En aquest context, es va imposar una major austeritat, mentre les estrelles cinematogràfiques de Hollywood esdevingueren el model a seguir: cossos prims i atlètics, celles depilades, cabells rossos i ondulats, amplis somriures i mallots de bany, fins i tot de dues peces.

Elisenda Albertí. Un passeig per la moda de Barcelona. Ed. Albertí, Barcelona, 1ª ed. 2013. ISBN: 978-84-7246-098-0. 192 pàgs. Pàgs. 146-147.


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(1914)
La muchacha rodeó el escritorio y colocó el cuaderno abierto delante del conde. Los sirvientes domésticos estaban obligados a bañarse una vez a la semana, de modo que no olía tan mal como solían hacerlo los miembros de la clase trabajadora. De hecho, su cuerpo cálido desprendía una fragancia floral. Tal vez había robado el jabón aromático de Bea.


Ken Follet. La caída de los dioses (Fall of Giants, trad. Anuvela). Ed. Plaza & Janés, Barcelona, 5ª ed. 2010.ISBN: 978-84-01-33763-5. 1022 pàgs. Pàg. 54.

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Evelyn parecía como si estuviera rehaciendo su cara, más fresca y más joven, con las manos llenas de cremas de Elizabeth Arden-. Si es Nesta puede curar algún día. Hay mucha gente que se recupera de los colapses nerviosos, tú bien lo sabes.
(Pàg. 841)

Después de haber comprado el café, Mrs. Natwick se quedó vagabundeando un rato más por la ciudad. Si se hubiera quedado en casa, seguro que los nervios se le habrían de punta, en espera de que llegara la tarde. Aunque, a fin de cuentas, aquel deambular sin rumbo sólo le causaba irritación. Ella nunca había sido una mujer perezosa. Por tanto, se detuvo en 1a sección de cosméticos de una gran tienda, como si no supiera por qué decidirse -y éste era su verdadero propósito-, y al final se dirigió a una señorita que parecía aburrirse detrás de uno de los mostradores y le preguntó:

-Deseo un de labios. ¿Podría usted aconsejarme el más Conveniente para mí?

Como una concesión a la chica, Ella trató de hacer de aquello un asunto risible, pero 1a joven estaba aburrida de verdad; tanto, que no movió ni siquiera uno de sus párpados plateados.

-Las señoras entradas en años -dijo- prefieren siempre las cosas de tonos más brillantes.
Mrs. Natwick nunca se había sentido tan humílde, tan poca cosa. Seguro que mamá se estaría revolviendo en su tumba.

-Éste es uno de los preferidos.

Con un golpecito de sus largos dedos, 1a muchacha expuso la barra como si fuese un arma. Aquello parecía tener ha punta demasiado resbaladiza, de color carmesí escarlata, asomando por encima de su vaina dorada. A Mrs. Natwíck le temblaban las rodillas.

-¿No le parece que es demasiado agresivo? -preguntó, tratando nuevamente de hacer que aquello pareciese una broma..

Pero la muchacha de cabello blanco limitóse a reír.

-¿Y qué hay de malo en que sea agresivo?

Mientras Mrs. Natwíck probaba el lápiz de labios en el torso de una de sus manos, como había visto hacer a otras mujeres, la muchacha, detrás del mostrador, se iba apoyando alternativamente en un pie y en el otro. Canturreaba, tal vez pensando en algún amante. Mrs. Natwick se sonrojó.

¿Qué pasaría si no conseguía meter de nuevo la punta de aquel lápiz de labios dentro de 1a vaina que lo cubría?

Podría haber salido corriendo sin decir una sola palabra más, sí la muchacha no hubiera tenido aquella apariencia tan profesional y tan aburrida.

-Nunca me imagine que pudiera llegar a verme con mejillas de color malva.
Por lo menos, aquello era seco y fácil de manejar.

-Es lo que se usa ahora.

Mrs. Natwick no se atrevía a rechazarlo. Observó los largos dedos de 1a muchacha, con sus uñas plateadas, mientras envolvía el paquetito. Parecía como si aquellos dedos pudieran resentirse de tocar cualquier cosa que no fuera cosméticos.

La muchacha le dio el cambio y Mrs. Natwick se marchó sin contarlo.

Sea Como fuere, Ella no estaba tranquila en modo alguno; no haría más que moverse ante el espejo del tocador. Procuró trazar una línea delgada, pero su boca estalló en una flor púrpura. Se restregó las dos mejillas con aquel cojinete tan seco al tacto; el resultado fue unas pesadas sombras color malva, que despedían un intenso perfume. Podía oír su corazón, agitado como un balón de goma estrujado, mientras seguía mirándose. Luego volvió a coger el lápiz labios, con la punta aún fuera de 1a vaina. Su boca se estaba haciendo enorme, tan espesa de grasa, que apenas podía cerrar los labios bajo aquella pastosa capa. Innumerables puntitos líquidos iban brotando en torno a las sombras color púrpura de las mejillas.

Empezó a sentir náuseas al inclinarse sobre el lavabo y restregarse con el cepillo para las uñas. Lo más probable era que algo de aquel pegote se le quedara adherido a los poros, y entonces se vería. Aunque uno no necesitaba ver, no lo necesitaba.
(Pàgs. 965-966)


Patrick White. El árbol del hombre – Las catatúas (The Tree of Man – The cockatoos). Ed. Plaza & Janés, Esplugues de Ll., 1ª ed., 1979. 1104 pàgs.

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Los problemas tecnológicos ralentizaron también la acepta­ción de los cuartos de baño. Fundir una bañera de una sola pieza que no fuera ni demasiado gruesa ni demasiado pesada se convirtió en un auténtico desafio. En cierto sentido, era más fácil fabricar un puente de hierro fundido que una bañera de ese material. Estaba además el problema de proporcionarle a la bañera un acabado que no se astillara, ni se manchara, ni se resquebrajara o, simplemente, que no se desgastara. El agua caliente era un medio formidablemente corrosivo. Las bañeras de zinc, cobre o hierro fundido tenían un aspecto estupendo de nuevas, pero no mantenían su acabado. No fue hasta la inven­ción de los esmaltes cerámicos, hacia 1910, cuando las bañeras se convirtieron por fin en un objeto duradero y atractivo. El proceso de fabricación de ese material consistía en rociar el hie­rro fundido con una mezcla de polvos y hornear repetidas veces hasta conseguir un brillo similar al de la porcelana. Los esmal­tes cerámicos no son en realidad ni esmalte ni cerámica, sino una capa vítrea, es decir, un tipo de vidrio. La superficie de las bañeras de esmalte era casi transparente cuando al compuesto no se le incorporaban blanqueadores u otros tintes.

Por fin el mundo pudo disfrutar de bañeras bonitas y que continuaban siendo bonitas durante mucho tiempo. Pero se­guían resultando carísimas. En 1910, una bañera podía costar fácilmente zoo dólares, un precio que quedaba muy lejos del alcance de la mayoría de familias. Pero a medida que los fabri­cantes fueron mejorando los procesos de producción en masa, los precios cayeron, y hacia 1940 un norteamericano podía ya comprarse el conjunto completo del cuarto de baño -lavabo, bañera e inodoro- por 70 dólares, un precio que casi cualquie­ra podía permitirse.
Pero en otras partes las bañeras seguían siendo un lujo. En Europa, gran parte del problema residía en la falta de espacio donde ubicar los cuartos de baño. En1954, solo una vivienda francesa de cada diez tenía ducha o bañera. En Gran Bretaña, la periodista Katharine Whitehorn ha recordado que hasta una fecha tan reciente como finales de la década de 1950, ella y sus compañeros de la revista Woman's Own no tenían permiso para escribir artículos sobre cuartos de baño porque no había suficientes hogares británicos que los tuvieran, y aquellos escri­tos solo servirían para fomentar envidias.

Bill Bryson. En casa. Una breve historia de la vida privada. de. RBA, Barcelona, 2011, 2 edició. ISBN: 978-84-9006-094-0. 672 pp. Pp. 499-500.


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I et veig així esllanguida al fons del gineceu,
pestanyes maquillades i ullorosa de khol,

Maria-Mercè Marçal. La passió segons Renée Vivien. Edicions B / Proa. Barcelona, 1999. 356 pàgs. Pàgs. 116.

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