dilluns, 22 de juny de 2009

6. ROMA: DOCUMENTS








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LLETRA 23 PLINI A TRAJÀ
Els prusesos, senyor, tenen uns banys deslluïts i vells. Per això [...] et volia demanar l'autorització perquè en fossin construïts uns de nous, en la mesura que et sembli que jo puc accedir a llur petició. De fet hi haurà prou capital pera construir-los: primerament les quantitats que ja he començat a recollir i a exigir dels particulars, després, les que els mateixos acostumen a fornir pera l'oli, estan disposats a esmerçar-les per a l’obra dels banys; d’altra banda, és cosa que demanen la dignitat del comú i la brillantor de la teva època.
LLETRA 24 TRAJÀ A PLINI
Si la construcció d’uns nous banys no ha de gravar les finances dels prusesos, podem accedir a llur desig, mentre això no signifiqui una tributació o minvi, temps a venir, llurs possibilitats per a les despeses necessàries.

Plini el Jove, funcionari ideal a la Roma de Trajà. Plini el Jove: correspondència amb Trajà, traducció de M. Olivar. Barcelona, Fundació Bernat Metge, 1932. Art. revista El món d'ahir, núm. 1, 2017. P. 191.

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Y quizás habría sido así de habérsele acercado el gran dios, pero una relación amorosa con Cayo Julio César ciertamente se le hacía de lo más atractivo, pensaba Servilia mientras subía la esca­lera sola; encontró significativo que aquella mañana aquel peculiar y más bien ruidoso hombrecillo del día anterior no se hallase a la vista aquella mañana. La convicción de que algo más que un com­promiso matrimonial saldría de aquella entrevista con César no se le había pasado por la cabeza hasta que, al acompañarla éste a la puerta el día anterior, Servilia notó en él un cambio lo bastante palpable como para desencadenar la esperanza... no, la emoción. Desde luego, toda Roma sabía que a César le fastidiaba una cosa en las mujeres, y era que no fuesen escrupulosamente-limpias. Así que se había bañado con extremo cuidado y había reducido su perfume a un rastro incapaz de disfrazar los olores naturales; por suerte no sudaba más que de forma muy moderada, y nunca se ponía una tú­nica más de una vez entre lavado y lavado. El día anterior llevaba una de color bermellón (sic. és ‘bermellón’); hoy había elegido una ámbar intenso, y se había puesto unos pendientes y un collar de cuentas del mismo co­lor. Ahora estoy preparada para que me seduzcan, pensó; y llamó a la puerta.

(Pàg. 59)

Servilla tomó aliento y miró a César con compostura.

Soy consciente de lo que dicen, y creo que es cierto. Pero Ce­pión lleva mi mismo apellido y, por lo tanto, lo reconozco como hermano.

Muy sensato por tu parte —dijo César.

Y continuó trabajando con el cubo; Servilia, tras asegurarse de que su aspecto era aceptable, aunque no tan impecable como unas horas antes, se marchó.

César se metió en el baño con rostro pensativo. Aquélla era una mujer fuera de lo corriente. ¡Un tormento sobre seductoras plumas de vello negro! Qué cosa más tonta para causarle a él su caída. Caída hacia abajo, como el vello. Un buen juego de palabras, aun­que accidental. Ahora que se habían convertido en amantes, no es­taba muy seguro de que ella le resultase más simpática, aunque Cé­sar sabía que tampoco estaba dispuesto a despedirla. Además, ella era una rareza en otros aspectos, aparte de en su carácter. Las mu­jeres de la clase a la que pertenecía Servilla que sabían comportar­se entre las sábanas sin inhibición eran tan escasas como los co­bardes en un ejército de Craso. Incluso su querida Cinnilla había conservado el recato y el decoro. Bien, así era como se las educaba, pobrecillas. Y, como César había caído en la costumbre de ser hon­rado consigo mismo, tuvo que admitir que no haría nada por tra­tar de que Julia fuera educada de otro modo. Oh, también había marranas entre las mujeres de su clase, ya lo creo, mujeres que eran tan famosas por sus artimaña l sexuales como cualquier puta, desde la difunta gran Colubra hasta la ya entrada en años Precia. Pero cuando a César le apetecía una juerga sexual desinhibida, pre­fería procurársela entre las honradas, francas, prácticas y decentes mujeres de Subura. Hasta el día que había cono-Ciclo a Servilia en ese terreno. ¿Quién iba a imaginarlo? Y además, ella no iría por ahí cotilleando sobre su aventura amorosa. Se volvió del otro lado den­tro del bario y alcanzó la piedra pómez; era inútil usar una strigilis con el agua fría, un hombre tenía que sudar para poder frotarse.

—Y ahora, ¿qué parte de todo esto le cuento yo a mi madre? —le preguntó al gris pedacito de piedra pómez—. ¡Qué extraño! Ella es tan distante que normalmente no me resulta difícil hablar con ella de mujeres. Pero creo que llevaré puesta la toga de color púrpura oscuro de censor cuando mencione a Servilia.
(Pàg. 65)

Como todos los Claudios Pulcher eran muy mo­renas, con unos ojos negros grandes y luminosos, pestañas negras largas y rizadas, profuso cabello negro ondulado y un cutis leve­mente aceitunado, aunque perfecto. A pesar de que ninguna de las dos era alta, ambas tenían una excelente figura y buen gusto en el vestir, se movían con gracia y eran bastante cultas, especialmente Clodia, a quien le gustaba la poesía de categoría. Estaban sentadas en un canapé frente a Pompeya y a su hermano; la túnica les caía a ambas desde los radiantes hombros, dejando al descubierto algo más que una insinuación de Unos pechos abundantes y deliciosa­mente bien formados.

Fulvia no era diferente de ellas en el aspecto físico, aunque el color de la tez era más pálido; a César le recordaba el cabello cas­taño de su madre; los ojos, de un color tirando a púrpura, las cejas y las pestañas oscuras también le recordaban a su madre. Una jo­ven señora dogmática y enérgica, imbuida de un montón de ideas más bien tontas que tenían origen en su apego romántico a los her­manos Graco: su abuelo Cayo y su tío abuelo Tiberio. César sabía que su matrimonio con Publio Clodio no había contado con la aprobación de sus padres, cosa que no había detenido a Fulvia, que estaba decidida a salirse con la suya. Desde la celebración de su matrimonio se había hecho íntima amiga de las hermanas de Clo­dio, en detrimento de las tres.

No obstante, ninguna de aquellas jóvenes le preocupaba tanto a César como las dos maduras y turbias señoras que ocupaban el ter­cer canapé: por una parte Sempronia Tuditani, esposa de un Déci­mo Junio Bruto y madre de otro —extraña elección por parte de Fulvia, ya que los Sempronios Tuditani habían sido enemigos obsti­nados de ambos Gracos, lo mismo que lo había sido la familia de Décimo Junio Bruto Calaico, abuelo del marido de Sen-ipronia Tuditani—; y por otra Pala, que había sido esposa del censor Filipo y del censor Publícola, y le había dado un hijo varón a cada uno de ellos. Sempronia Tuditani y Pala debían de tener alrededor de cin­cuenta años, aunque utilizaban todos los artificios conocidos en la industria cosmética para disimular la edad, desde pintarse y empolvarse el cutis hasta utilizar stibium alrededor de los ojos y carmín en las mejillas y en los labios. Y no se contentaban con tener la figura propia de la mediana edad; se mataban de hambre con regularidad para mantenerse delgadas como palos, y vestían vaporo­sas túnicas transparentes, que a ellas les parecía que les devolvían la juventud mucho tiempo atrás perdida. El resultado de todas aquellas manipulaciones del proceso de envejecimiento, reflexionó César sonriendo para sus adentras, era tan infructuoso como ridí­culo. Su propia madre, decidió aquel despiadado mirón, era mu­cho más atractiva, a pesar de que por lo menos era diez años ma­yor que ellas.

(Pàgs. 263-264)

El baño lo llamaba —César había cedido y había instalado una pequeña estufa que proporcionaba agua caliente—; Servilia deci­dió que era mejor callarse en el tema de Pompeya.

(Pàg. 267)


—Últimamente muy pocas, aunque tengo entendido que la muerte aquí era muy frecuente antes de que nos instalaran las tu­berías y tuviéramos agua. ¿Te gustaría ver los baños y las letrinas? Ahenobarbo creía en la higiene para todos, así que también les pro­porcionó baños y letrinas a los sirvientes.

—Un hombre extraordinario —dijo César—. ¡Y cómo lo vili­pendiaron por cambiar la ley... y por conseguir ser elegido pontífi­ce máximo al mismo tiempo! Recuerdo que Cayo Mario me dijo que hubo una epidemia de chistes de letrinas de mármol cuando Ahenobarbo acabó la reforma de la domus publica.

(Pàg. 298)

—Tienes una visita, domina —dijo el amado esclavo.

Famosa por su reumatismo, la esposa del cónsul senior no dio ninguna muestra de ello al saltar de la cama —decentemente ata­viada con un camisón, desde luego... ¡nada de dormir desnudos en casa de Cicerón!

Es Fulvia Nobilioris —dijo ella al tiempo que empezaba a za­randear a Cicerón—. ¡Despierta, marido, despierta! ¡Oh, qué gozo! ¡Por fin ha estado en una reunión de guerra!

—Me envía Quinto Curio —anunció Fulvia Nobilioris, cuyo ros­tro se veía viejo y desnudo, pues no había tenido tiempo de apli­carse maquillaje.

(Pàg. 359)

—Ave, Claudia —dijo Pompeya Sila sonriendo con aquel habi­tual aspecto distraído suyo mientras pensaba que si Claudia era una palurda, se adaptaba mucho al molde de Pala y Sempronia Tu­ditani; fuera de donde fuera que procediese allí debían de conside­rarla verdaderamente espabilada, con todo aquel maquillaje y el pelo decolorado y exuberante. Pompeya trató de mostrarse—. Ya veo el parecido de familia.

(Pàg. 525)

Aurelia había insistido en que Pompeya se pusiera junto a Fa­bia a la puerta para cumplir con su obligación de dar la bienveni­da a las invitadas, y se alegró profundamente de que las señoras del club de Clodio estuvieran entre las últimas en llegar. ¡Pero bueno, cómo no iban a ser de las últimas! A unas furcias de mediana edad como Sempronia Tuditani y Pala debía de haberles llevado horas ponerse todas aquellas capas de pintura en la cara... ¡aunque ha­brían tardado sólo unos instantes en introducir aquellos fibrosos cuerpos suyos en tan poca ropa! Las Clodias, Aurelia tenía que ad­mitirlo, estaban exquisitas: unos vestidos preciosos, exactamente las joyas adecuadas —y no demasiadas—, sólo unos ligeros toques de stibium y carmín. Fulvia, como siempre, iba un poco a su aire, desde la túnica de color fuego hasta varias vueltas de perlas ne­gruzcas; tenía un hijo que contaba ya casi dos años, pero la figura de Fulvia no había sufrido, desde luego.

(Pàg. 530)

Servilia se tocó el mentón y lo notó una pizca velludo; tenía que empezar a depilárselo. Tomada tal decisión, devolvió su atención a la pregunta de César.

(Pàg. 653)


Colleen McCullough. Las mujeres de César. (Caesar’s Woman, trad. S. Coca i R. Vázquez de Parga). Ed. Planeta, 1ª ed. Barcelona 1996. ISBN: 84-08-01755-1. 836 pàgs.

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II. DIARI DE JÚLIA, PANDATÀRIA (4DC)

Una vegada, el meu amic i tutor Atenodor em va dir que els nostres avantpassats romans creien que no era saludable banyar-se més d’un o dues vegades al mes, i que les seves ablucions diàries es limitaven a netejar dels braços i de les cames la brutícia que s'hi havia acu­mulat durant el dia. Van ser els grecs, va dir (amb una mena d'orgull irònic) els que van introduir a Roma el costum del bany diari i els que van ensenyar als seus bàrbars conqueridors les elaborades possibilitats que s'amagaven darrere aquest ritual.

Tot i que he descobert la sublim simplicitat del men­jar de pagès, reprenent en aquest aspecte la tradició dels meus avantpassats, encara no m'he pogut convèncer d'adoptar els seus costums relatius al bany. Em banyo gairebé tots els dies, tot i que no tinc ningú que em doni els olis i els perfums, i que la meva cambra de bany no­més té una paret: el penya-segat de roca que s'alça da­munt la costa d'aquesta illa que és casa meva. Durant el segon any del nostre matrimoni, Marc Agripa va inaugurar a Roma, per a delit del poble, el que es va qualificar com les termes més opulentes de la història de la nostra ciutat. Abans jo amb prou feines havia anat als banys públics; devia ser perquè, quan era jove, a Lívia, que es tenia per l'arquetip de les virtuts ancestrals, no fi agradaven els luxes que s'oferien en aquells llocs, i em devia encomanar la infecció de la seva virtut. Però el meu marit havia llegit en una obra d'un metge grec que el bany no s'havia de considerar només un luxe, sinó que de fet contribuïa a prevenir les miste­rioses malalties que de tant en tant afectaven les ciutats molt poblades; era per això, que pretenia promoure en­tre el poble l'ús d'aquelles mesures higièniques, i em va convèncer que de tant en tant prescindís de la intimitat del meu bany i que em barregés amb la plebs, per tal que tothom veiés que les termes estaven de moda. Hi vaig començar a anar obligada, però he d'admetre que es va acabar convertint en un plaer.

Fins llavors jo no coneixia el poble. Evidentment els havia vist a la ciutat, m'havien despatxat i hi havia conversat, però sempre sabien qui era: la filla de l'Em­perador. I jo sabia (o, si més no, ho pensava) que la seva vida era tan diferent de la meva que gairebé constituïen una altra espècie. Però, nua a les termes, envoltada de centenars de dones que criden i riuen, la filla d'un em­perador no es distingeix de la dona del carnisser. I la filla d'aquest Emperador, vanitosa com devia ser, va descobrir que l'anonimat li proporcionava una fruïció estranya. Així dones, em vaig convertir en una entesa en banys i ho he continuant sent durant tota la vida. Des­prés de la mort de Marc Agripa, vaig descobrir a Roma banys que ni tan sols m'hauria imaginat que existissin, on oferien plaers que em semblava haver experimentat una vegada, però en un somni...

I fins i tot ara, si tinc aigua a prop, em continuo ba­nyant gairebé cada dia, tal com m'imagino que fan els soldats o els camperols quan acaben la feina de la jorna­da. Les meves termes són el mar, i el marbre de la pisci­na és la sorra volcànica negra que resplendeix sota el sol de la tarda. El guàrdia que em vigila —suposo que li han ordenat que eviti que m'ofegui— s'allunya una mica i, impassible i gens encuriosit, em mira mentre submergeixo el cos a l'aigua. És un castrat. La seva presència no em molesta.

A les tardes tranquil·les, quan el mar està encalmat, l’aigua és com un mirall, i m'hi veig la cara reflectida. Em sobta veure que fins els cabells gairebé blancs del tot i que la cara se m'està omplint d'arrugues. Sempre he estat molt presumida amb els cabells, que se'm van començar a enfarinar de molt jove. Recordo que un dia, mentre una de les meves donzelles m'arrencava cabells blancs, el pare se'm va acostar i em va preguntar:

—Tens ganes de quedar-te calba? —Li vaig respon­dre que no.— Dones, per què- permets que la teva donzella precipiti els esdeveniments? —va reblar.

Els cabells gairebé blancs del tot, deia, i la cara plena d'arrugues, però quan m'estiro en aquesta aigua poc profunda, el cos que veig sembla que no encaixi amb el rostre. La carn està tan ferma com fa vint anys; la panxa, plana; els pits, turgents. A l'aigua freda, els mugrons s'endureixen com quan havien rebut les carícies dels homes, i el meu cos flotant s'ondula com quan sentia plaer. Aquest cos m'ha fet un bon servei al llarg deis anys, tot i que va trigar una mica a posar-s'hi. Em va començar a fer servei tard perquè li van dir que no tenia drets i que, per les circumstàncies de la vida, s'havia de sotmetre a dictats diferents deis propis. Quan vaig des­cobrir que el cos tenia els seus drets, ja m'havia casat dues vegades i era mare de tres fills...

John Williams. August. (Augustus, trad. A. Torrescasana). Edicions 62, Barcelona, 1ª ed. 2015. ISBN: 978-84-9930-961-3. 478 pàgs. Pàgs. 380-383.


Terme d'Agripa (procedència de la imatge: enllaç)



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Roma, octubre de 68 dC

La bonica Domícia havia passat del més terrible dels sofriments a la més absoluta de les felicitats, i se'n sentia culpable, tot i que ella no fos culpable de res. La seva mare Càsia Longina estava al seu costat mentre tres ornatrices s’esforçaven a empolainar-la amb propietat per al casament. Una de les esclaves feia servir un bastonet petit de carbó i una mica de cendra per definir les celles de la seva mestressa, men­tre que 1'altra seleccionava amb una espàtula de plata cremes i ungüents d'un conjunt de petites àmfores d'alabastre, vidre i ceràmica, que la mare havia portat en un bagul recobert de marfil tallat. La tercera serva esperava el seu tom amb dues pintes d'os a les mans. A la pell blanca i perfecta de la jove senyora no li calia encara pintura de plom per il·luminar el seu bonic rostre. Bonic, pera trist.

Santiago Posteguillo. Els assassins de l’emperador (Los asesinos del emperador) Trad. M. Olivé i R. Solà. Ed. Columna, 1ª ed. Barcelona, 2013. ISBN: 978-84-9930-710-7. 1216 pàgs.1216 pàgs. Pàg. 178.

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Atilio observó a la joven muchacha. Debía de tener unos dieciocho o diecinueve años. Cubierta por una túnica roja, su rostro de facciones suaves resplandecía pese a la penumbra que les rodeaba. Sus brazos desnudos mostraban una piel suave, blanqueada con un polvo blanco, casi transparente*, que traían de Oriente, mezclado con miel, para así ocultar el tono algo más oscuro de una dermis bañada por el sol del Mediterráneo. Las mejillas, sin embargo, estaban enrojecidas con maquillaje de algas. El pelo, recogido, era no obstante, muy largo, lo que denotaba que Atilio estaba ante una hetera de más alto nivel, y muy negro, peinado meticulosamente con peines de hueso y marfil. Las cejas eran igual de negras, repasadas con un tinte hecho con humo. Olía a limpia y es que la joven se había lavado con arcilla y una sal blanca y traslúcida** y se había depilado con una cuchilla y una pasta especial.

*Carbonato de plomo, también conocido como cerusita o albayalde, según lo denominaron los árabes. Las regiones de Siberia siguen siendo la mayor fuente de este mineral.
**Carbonato de sodio.

Santiago Posteguillo. La traición de Roma. Ediciones B, Barcelona, 2011, 1ª ed. ISBN: 978-84-666-4944-5. 1574 p. P. 663.

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“Baetulo torna a la vida

Passegem per la ciutat romana que es conserva al subsòl de Badalona
Ens situem a la primeria del segle I aC, pocs anys després que l'emperador August transformés la República en un imperi. Baetulo viu moments d'esplendor gràcies a l'exportació de vi. Seguim la vida quotidiana a la ciutat de la mà d'un treballador de Marc Porci, un personatge històric que regentava un pròsper negoci vinícola.
Agnès Rotger (text), Joan Mayné (assessorament)”
ISSN: 1695-2014 / Revista Sapiens, núm. 105, juliol 2011.
Comentari:
-Moda: res.
-Pentinat: poca cosa. Tenyir-se de ros el cabell imitant els esclaus
-Maquillatge: font de primera mà, descripció d’un spa, maquillatge, lloc de reunió i distracció per l’home.







La joven esclava tomó pequeñas cosas que consideró que le podían ser útiles: un par de estolas romanas, dos túnicas, algunos aderezos para su hermoso cabello largo y lacio y algunos frascos con ungüentos y aceites con los que humedecía su morena piel ligeramente resecada por el viento y el sol.

Posteguillo, Santiago. Las legiones malditas. Ediciones B, Barcelona, 2011, 1ª ed. ISBN: 978-84-666-4799-18. 1.578 p. Pg. 1.477.



Un amplio equipo de belleza para el Mas Allà

La tumba de una dama etrusca del siglo II a.c. contenía una completa caja de cosméticos que incluía un ungüento egipcio


Thana Presnti Plecunia Umranalisa fue una aristócrata etrusca que vivió en Chiusi (Siena) durante la segunda mitad del siglo II a.C. Hace cuatro años, un equipo de arqueólogos dirigido por Mario Iozo, entonces director de Patrimonio Arqueológico de Chiusi y actualmente vicedirector del Museo Arqueológico de Florencia, abrió su tumba, sellada con una placa de terracota que llevaba inscrito en letras púrpuras el nombre de la difunta. En su interior hallaron la urna con las cenizas: un recipiente de travertino pintado que tenia esculpido un rostro femenino y dos grandes hojas.

Pero el hallazgo más inesperado, revelado ahora, se encontraba en el interior de un pequeño cofre depositado junto a la urna. Se trataba de una caja de madera decorada con placas de metal y pies de hueso esculpidos en forma de sirena. Contenía múltiples objetos de belleza, entre otros dos anillos de bronce, unas pinzas para depilar, un par de peines y un vaso de alabastro.

Bella para la eternidad
Este frasco, procedente de Alejandría: el objeto que mas ha sorprendido a los arqueólogos, ya que, gracias a un tapón de arcilla, el ungüento que contenía se ha conservado intacto durante dos mil años. Los arqueólogos remitieron tras de este material al laboratorio del Departamento de Química de la Universidad de Pisa. El resultado del análisis realizado por Erika Ribechini ha revelado que el ungüento consiste en una mezcla de resinas naturales de pino y lentisco y de aceite de moringa, una planta subtropical de origen egipcio, lo que confirmaría la procedencia alejandrina del frasco. Estas conclusiones nos permiten acercarnos hoy en día a la vida cotidiana de una rica mujer etrusca, para la que poseer una rara crema cosmética importada de Egipto debía de ser, sin duda motivo de profunda satisfacción.

Historia. National Geographic. Núm. 72, des. 2009, pàg. 10.





Avui podem encara distinguir-hi el tepidari, on l’aigua tèbia ajudava a preparar el cos per a el calor, el sudatori, on es fruïa d’un bany de vapor, resultat de l’evaporació de l’aigua que corria pels murs, las sala dels banyas calents o caldari, destinat a la neteja corporal tot gratant el cosdasmb instruments de bronze.

Anna M. Bofarull. “Els primers ‘spa’”, art. Revista< Sapiens, núm.85, nov. 2009. Pàg. 56.

Pulcro y aseado agradas con fuerte color bronceado, bien cortado ha de estar tu traje, pero sin ser llamativo, porta el oportuno calzado y, si es malo, resultara espantoso, los dientes y la boca reluzcan frescos, así estimularás a besar tu cabellera que no se parezca a un cepillo, córtala se- la norma, los rastrojos en tu barbilla son vulgares, aparece siempre bien afeitado, limpias, pulidas y cortas mantén tus uñas cortadas, evita siempre las comidas que empañen tu aliento, y guárdate de oler fuerte como un cabrito.
Ovidi. Ars Amandi.



En los primeros años de su juventud sufrió la infamia de varias deshonras (...) y haber acostumbrado a chamuscar sus piernas con una nuez ardiente para que le saliera mas suave el vello.
(pàg. 273, August)

Por otra parte, resaltaba a propósito los rasgos de su rostro, ya de por si horrible y repugnante, maquillándose ante el espejo para provocar de todas las formas posibles el terror y el espanto.
(pàg. 442, Calígula)
Suetonio. Vidas de los Césares. Ed. Cátedra, Madrid, 2006. 752 pàgs.

El maquillaje El primer hombre maquillado debió de ser un general romano. Los generales romanos victoriosos a quienes el senado otorgaba el triunfo, es decir, el derecho a desfilar triunfalmente por toda Roma, solían maquillarse de rojo las mejillas para parecerse a Júpiter Olímpico. En el triunfo, los veteranos del general tenían bula para llamarle de todo: se sabe, por ejemplo, que los veteranos de Julio César le llamaron mariconazo en pleno triunfo, sin que César pudiese impedirlo o siquiera vengarse de ellos; y lo peor era que tenían razón, pues César acababa de acostarse nada menos que con el hijo del rey de Bitinia.
Menos mal que la homosexualidad en sí no era ningún oprobio social o penal para los romanos, siempre y cuando el aludido fuese bujarrón, es decir, sodomita activo o macho; en cambio, al bardaje, o paciente, el que se ponía debajo en el acto homosexual, se le despreciaba: lo honroso, para los antiguos romanos, era estar encima, ya fuese en política, o en la guerra, o en el amor. Las únicas personas que podían ponerse debajo de un hombre sin desdoro en la Roma antigua eran las mujeres. Sobre el maquillaje femenino se tienen datos mucho más antiguos. El de las egipcias, por ejemplo, era muy sofisticado, y se conoce bastante bien. Las momias de las grandes señoras egipcias están muy bien maquilladas. Y antes que ellas se maquillaban las asirias, y las caldeas, aunque no tan sofisticadamente.
http://www.elmundo.es/magazine/num146/textos/inven.html



Sin embargo, para todos, salvo para los muy ricos, la experiencia del baño como lugar de soledad y de meditación es una innovación reciente. Durante siglos, el baño ha sido una gran institución pública, que a veces ha llegado a albergar un par de miles de bañistas o más. La antigua Roma representó la cumbre del baño público. Los hombres de buena cuna se reunían allí para ver y ser vistos, en complejos cuya inmensidad y grandeza rivalizaban con la de los parques temáticos contemporáneos. Además de los baños propiamente dichos, también había teatros, templos, salas para fiestas, amplios paseos de tres filas, salas de conferencia y bibliotecas.

Tras entrar a los baños, el bañista se desvestía y entregaba sus ropas a los asistentes. Luego pasaba al unctuarium, que se debía parecer a una especie de tienda de un boticario anticuado, con las paredes repletas de jarros y urnas de todas las formas y tamaños, cada una de ellas conteniendo un aceite perfumado o un ungüento con una base de aceite. Había aceites simples, como el rhodium, hecho de rosas; el narcissum, hecho de narciso; el melinum, hecho de membrillo; metopium, de almendras amargas; y crocinum, de azafrán, que impregnaban al portador de un olor excelente y de un bonito color. El bañista los compraba en la medida que podía permitírselo, compraba aceites distintos para las distintas partes del cuerpo: uno para los pies y los muslos, otro para las mejillas y el pecho, un tercero para los brazos, un cuarto para las cejas y el pelo, un quinto para el cuello y las rodillas. Luego pasaba al f'rigidarium o baño de agua fría, para las abluciones preliminares, después al tibio tepidarium y por último al caliente calderium. En éste sudaba abundantemente, se frotaba el cuerpo con un cepillo de bronce o si se lo podía permitir, hacía que un sirviente le frotara, le diera masaje y le aplicara los ungüentos sobre la piel. (Puesto que e1 agua tenía un alto contenido mineral, se secaba sobre la piel, de modo que los preparados oleosos eran una forma de restaurar la hidratación, así como de perfumar el cuerpo.) A1 final, pasaba al labrum para tomar una ducha fría, y luego regresaba al unctuarium para que le aplicaran más aceites perfumados sobre la piel.

Si el bañista era muy rico, puede que llevara sus propios preparados de su casa, mezclas exclusivas de su unguentarius o perfumero favorito. Estos perfumeros eran considerados como altos sacerdotes de la moda, artistas y químicos a partes iguales, y utilizaban un gran número de ingredientes para crear ungüentos y perfumes más sofisticados y artísticos -y muchísimo más caros- que las simples mezclas que se encontraban en los baños. Sus clientes patricios consumían estas creaciones en asombrosas cantidades y utilizaban las perfumerías como clubes sociales informales donde se podía intercambiar cotilleos y hablar de los asuntos del día.

Las mujeres romanas cuidaban de su cuerpo, cara y cabello en su casa, gracias a los servicios de sus muchas esclavas, que les frotaban la piel con ungüentos olorosos y perfumaban sus prendas con lavanda, albahaca, tomillo y mejorana. La esposa de Nerón, Popea, llevó el baño a nuevos niveles de decadencia, lo cual no era un logro fácil en esa época y lugar; se sumergía todos los días en leche de burra. Cuando al final fue exiliada, se llevó cincuenta burras para asegurarse la provisión de leche.

Al cabo de bastante tiempo, hombres y mujeres empezaron a bañarse juntos, pero era un asunto bastante casto. Los manuscritos miniados de la Edad Media representan casas de baños medievales en las que hombres y mujeres desnudos compartían las aguas de forma restringida. El agua estaba perfumada, además, con pétalos de flor de saúco, romero, manzanilla y rosas esparcidos por la superficie. Las actividades en el baño se centraban en torno al pelo: a los hombres se les arreglaba la barba o se les afeitaba y las mujeres se lo lavaban con champúes. Después del baños a las mujeres las frotaban con aceites esenciales dulces y picantes, a veces aderezados con un poco de almizcle. (Págs. 176-178)

Mandy Aftel. Pequeña historia del perfume. Ed, Paidos, Barcelona, 2002. 232 págs.


August

En los primeros anos de su juventud sufrió la infamia de varias deshonras (...) y haber acostumbrado a chamuscar sus piernas con una nuez ardiente para que le saliera mas suave el vello.(pàg. 273, August)

Por otra parte, resaltaba a propósito los rasgos de su rostro, ya de por si horrible y repugnante, maquillándose ante el espejo para provocar de todas las formas posibles el terror y el espanto.
(pàg. 442, Calígula)

Suetonio. Vidas de los Césares. Ed. Cátedra, Madrid, 2006. 752 pàgs.



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