dilluns, 22 de juny de 2009

8. EL RENAIXEMENT: DOCUMENTS

Reímos. Me levanto y voy a la estancia del baño, el alivio de mi vejez. Cada vez que pongo los pies aquí dentro, por lo menos dos veces al día, siento una mezcla de emoción y de complacencia por mi estado. Azulejos azules y verdemar relucen en el suelo y las paredes. Una gran pila ocupa un lado entero, de dos brazos de ancho. Puede ser llenada de forma continua por medio de dos tubos que vierten agua caliente o fría. El agua, calentada en un depósito que hay en el piso de arriba, se deja fluir a gusto de uno y se mezcla con la fría que baja por el otro conducto.

En esta ciudad de ensueño [Constantinobla] los baños son indicio de una civilización superior y de una consideración por el cuerpo y la higiene desconocidas en Europa. Los hay por todas partes, de todo tipo de tamaño y concepción, pero todos ellos adecuados para revigorizar los miembros y la mente del esfuerzo y del clima.

Me sumerjo en la tibieza, inmóvil. Que espere el Sultán.

Yosef me hace sobresaltarme irrumpiendo en la habitación con todo el clamor posible.

-¿No te habrás ahogado, mi querido viejo?

Luce sus mejores galas: las botas preferidas, que le llegan hasta la rodilla, unas calzas largas, claras; una blusa larga acolchada, con bordados en el pecho; el corvo alfanje al cinto, el puño damasquinado; el turbante típico de estas tierras arrollado a la cabeza, azul con una pluma blanca fijada por un broche de oro.

-Hay otras personas a las que hemos de ver antes que al Sultan. Date prisa, Samuel nos espera desde hace un rato. Las comodidades de esta ciudad te están volviendo un perezoso.

Lanza un pedazo de jabón en el agua que me salpica la cara. Me alarga la toalla grande:

-¡Vamos, date prisa!


Luther Blisset. Q. (Q.Trad. J.R. Monreal). Ed. Mondadori, Barcelona, 2000. ISBN: 8439705301. 668 pgs. Pg. 639.

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Per les cartes que conec de la reina Maria, no resulta pas que fos inclinada a extravagàncies ni a desafiar l'opinió apartant-se per caprici d'allò que pertocava al seu llinatge. Quan va saber, pel novembre del 1423, la pròxima arribada del rei després de la seva primera expedició a Itàlia, la desvetllaren tant els preparatius com la incertesa del port on baixaria a terra. La reina era jove: vint-i-dos anys, però es refiava poc del seu atractiu; reconeixia que tenia la «cara gastada» i va fer cridar una dona hàbil en l'art cosmètica, esmentada més d'una vegada en les cartes, perquè anés a trobar-la amb «totes aquelles coses que entendrets sien necessàries per a la cura». Durant l'estada del rei a Barcelona i a Saragossa, en aquell breu parèntesi que tornà el rei al costat de la reina, sovintegen els encàrrecs de perfums fets per ella: aiguanaf i aigua per a rentar les mans, herbes oloroses fàcils d'aconseguir a la moreria de València, perfums sevillans «car entre los otros hemos placer de aquéllos...». El vell confessor de la reina fra Antoni de Carmona, dominicà, “lo padre” o “el padre” com per antonomàsia era designat a les cartes de la reina i que era de parla castellana, va alarmar-se un poc davant aquell canvi sobtat de la seva filla  espiritual, però ella va tranquil·litzar-lo. Els «arreos» no eren cosa de vanitat ni tampoc indici de poca perseverança en els seus propòsits. És que plaïen al rei.


Jordi Rubió i Balaguer. Alfons el magnànim i la reina Maria. L’espiritualitat, la voluntat i el caràcter en dos reis del Renaixement. Dins d’AADD. Antologia d’estudis històrics. Història de Catalunya VIII. Edicions 62, 1ª ed. Barcelona 1990. ISBN: 8429731369. 482 pgs. Pg. 123.


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La vieja sacó de su bolso un frasco cuidadosamente envuel­to y cerrado que contenía un líquido blancuzco y turbio: leche de burra y de cabra roja, en la que se había macerado badiana sil­vestre, raíz de espárrago y bulbos de lirio blanco.

—Debía haber estado un par de días más bajo estiércol calien­te de caballo. Pero no importa. Creo que sirve. Sin embargo, antes de lavarse hágalo pasar por un filtro de fieltro. Empape en el líquido miga de pan blanco y luego désela en la cara el tiempo que necesita para leer tres Credos. En cinco semanas se habrá aclarado vuestro cutis. También es muy bueno contra los granos.
Escucha, vieja —dijo Beatriz—, puede ser que en este bálsa­mo haya alguna de esas porquerías que emplean las brujas en su magia negra, como grasa de serpiente, sangre de abubilla o pol­vo de ranas secas, como en esa pomada para quitar lunares y pelos, que el otro día me trajiste. Vale más que me lo digas fran­camente.

¡No, no, Alteza Serenísima! No crea en las habladurías de la gente. Trabajo honradamente, sin engaños. Cada uno sabe lo que hace. También debo decir que a veces es indispensable servirse de esas porquerías; por ejemplo, la señora Angélica se ha estado lavan­do la cabeza el verano pasado con orines de perro para no que­darse calva, y da gracias a Dios por lo bien que le ha ido.

(80-81)

Las telas de los trajes de las señoras con pesados pliegues rectos, deslumbrantes por la abundancia de oro y pedrería, recordaban  las casullas de los sacerdotes; eran tan sólidas que se transmitían por herencia de bisabuelas a biznietas. Los enormes escotes dejaban al descubierto los hombros y el pecho. Los cabellos, cubiertos por delante. con una redecilla de oro, los llevaban a la moda lombarda, lo mismo las señoras que las muchachas jóvenes; las trenzas, a veces, caían hasta el suelo, con frecuencia postizas y llenas de lazos. La moda exigía que las cejas se dibujaran apenas: las damas cuyas cejas eran espesas se las depilaban con pinzas especiales. Era de mal gusto no pintarse; los perfumes eran pesados y violentos –almizcle, ámbar, verbena, polvo de Chipre y otros de olor penetrante.

(254-255)


Dimitri Merezhkovski. El romance de Leonardo. El genio del Renacimiento. (Trad. J. Santamaría). Ed. EDHASA, 1ª ED. Barcelona, 1995. ISBN: 8435005895. 710 pp.


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Renaixement, Manierisme, la poesia de William Shakespeare


William Shakespeare. Els sonets (trad. S. Oliva). Ed. Empúries, 1ª ed. 2009, Barcelona. ISBN: 978-84-9930-017-7. 366 pàgs. Pàgs. 224-225.


¿I per què, amb maquillatges, tots li imiten la galta,
robant semblança morta del seu color vivaç?
¿Per què busca amb enganys la bellesa menys alta
roses d’imitació, si la seva és veraç?

(Pàg. 177)

Així a la seva galta hi ha el retrat del passat,
quan era la bellesa com són ara les flors,
abans que els tints bastards s’haguessin imposat
per estampar en un rostre viu falsos colors,

abans que algú gosés tallar els cabells dels morts,
possessió dels sepulcres, per fer una cabellera
per viure una altra vida en altres caps absorts
de ser adornats amb una falsa primavera.

(Pàg. 179)

William Shakespeare. Els sonets. (Sonnets) (trad. S. Oliva). Ed. Empúries, 1ª ed. 2009, Barcelona. ISBN: 978-84-9930-017-7. 366 pàgs. 

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Amèrica
Así como ningún hogar norteamericano se considera completo sin un automóvil, ninguna casa azteca podía carecer de piragua. Era indispensable para el transporte y comunicación por la red de canales, y para atravesar el lago. Algunas eran sencillas, como, por ejemplo, las usadas para la pesca o el transporte de mercancías; pero las había muy elegantes y grandes, con muchos remos y la proa labrada. Las piraguas estaban tan integradas en la vida azteca, que se utilizaban para las tareas más insospechadas. Los aztecas eran un pueblo muy limpio; baste decir que se bañaban diariamente. Tenían que eliminar, de algún modo, el excremento humano. Pues bien, grandes piraguas recogían estos desperdicios y los vendían como abono.

Arnold J Toynbee. Ciudades de destino (Cites of Destiny, trad. G. Castro). Ed. Sarpe, 1985, Madrid. ISBN: 84-7291-925-0. 440 pàgs. Pàg. 272.


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Me hundió las uñas en la manga y, al acercar su rostro al mío, vi destacarse, como una máscara que se podía quitar y que le modificaba los rasgos, las pomadas con las cuales se untaba, el blanco de las mejillas, el rojo de la boca, y olí el alcanfor que, mezclado con aceite de almendras dulces y con cera, le suavizaba la piel. La máscara terminó:

-Los bastardos están contra nosotros, contra Catalina, contra Lorenzino, contra mí; no lo olvides. Pero nosotros somos los verdaderos Médicis. Este palacio es nuestro.
(Pàg. 100)

El extraño, peligroso Oriente invadió mi asilo, rodeando con su prestigio diabólico a los jóvenes militares. Eran ambos tan hermosos y a honestamente viriles, que los objetos espléndidos de mi gabinete retrocedían ante su claridad. Hablaban de mujeres exóticas se depilaban con sangre de vampiro, con jugo de hiedra y con hiel de cabra y que se lavaban la boca con vino de canela y de maíz. Describían sus cuerpos como si los abrazaran, crispando las manos. Hacían pensar en los héroes antiguos cantados por los rapsodas; evocaban el tiempo primitivo, eficaz y simple, en el que ignoraban nuestras refinadas complicaciones y en el que hombres responsables distinguían estrictamente al bien y al ubicándolos con justicia en campos adversos.
(Pàg. 594)


Manuel Mujica Lainez. Bomarzo. Ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1997. ISBN: 84-226-6714-2. 688 pàgs.


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Además de algunos célebres pasajes de la Divina Comedia, es aquí digno de consideración el Dittamondo de Uberti (alrededor de 1360). En él se mencionan principalmente fenómenos sorprendentes y características especiales: la fiesta de las cornejas de San Apolinar en Rávena, las fuentes de Treviso, la gran bodega de Vicenza, los altos aranceles de Mantua, 1a selva de torres de Luca... Encontramos aquí y allá, sin embargo, exaltados elogios y mordaces críticas de índole muy distinta. Arezzo figura ya mencionada por el sutil ingenio de sus hijos; Génova, por ¿?los dientes y los ojos de sus mujeres ennegrecidos artificialmente (?); Bolonia, por la prodigalidad; (...)
(Pàg. 275)

Aquí es Boccaccio maestro, no en el Decameron, pues en la “novella” breve toda descripción prolija está vedada, sino en sus relatos extensos, donde dispone de ocio y aliento para semejante tarea. En su Ameto describe una rubia y una morena poco más o menos como un pintor las hubiera pintado cien años después..., pues hasta en esto las obras literarias llevan la delantera a las artes plásticas. En la morena (cabalmente «menos rubia») aparecen algunos rasgos que llamaríamos clásicos. En sus palabras la spaziosa testa e distesa se insinúan las formas amplias que rebasan lo gracioso; las cejas ya no forman dos arcos como en el ideal bizantina, sino un solo trazo ondulado; la nariz se al parecer, a la forma llamada aguileña; también el amplio pecho, los brazos de longitud moderada, ¡el efecto de la mano bella sobre la púrpura del vestido...!, en todos estos rasgos diríase que se presiente el sentido de la belleza de venideros días, a la vez que se acerca inconscientemente al de la antigüedad clásica en su apogeo. En otras descripciones, Boccaccio menciona también la frente lisa (no redondeada a lo medieval), los ojos graves y rasgados, oscuros, el cuello redondo, sin concavidades, y también, y sobre todo, el muy moderno “piececito” al hablar de una ninfa de cabellos negros, alude ya a sus due ochi ladri nel loro movimento. Y muchos otros detalles del mismo tenor.

Que el siglo XV nos haya dejado referencia escrita de su ideal de belleza no sabría afirmarlo; las obras de pintores y escultores no la hacen tan innecesaria como podrá parecer a primera vista, pues precisamente frente a su realismo el escritor habría hecho perdurar un tipo ideal de belleza. En el siglo XVI nos encontramos a Firenzuola con su curiosísimo libro sobre las bellezas femeninas. Es menester, ante todo, eliminar lo que toma prestado a los autores y artistas de la Antigüedad, como las leyes sobre las dimensiones de la cabeza, y diversos conceptos abstractos, etc. Lo restante es observación propia y directa. Documentada con ejemplos vivos de mujeres y muchachas de Prato. Dado que su obrita es una especie de discurso premiado ante las mujeres de Prato, es decir, ante el tribunal más severo, es de presumir que hubo de atenerse a la verdad. Su principio es, según él mismo confiesa, el de Zeuxis y Luciano: la reunión de diversas partes bellas en un todo de belleza superior. Define la expresión de los colores que se observan en la piel y en los cabellos, y por lo que a estos últimos se refiere, da la preferencia, al más bello, al “biondo”. Pero hay que tener en cuenta que entiende por rubio un amarillo suave, tirando a castaño. Exige que el caballo sea espeso, ondulado y largo, 1a frente serena y el doble de ancha que de alta, el cutis de un blanco brillante, cándido, no de un blanco muerto (bianchezza); las cejas, sedosas y oscuras, de trazado más vigoroso en el centro y más en los extremos; el blanco de los ojos ligeramente azulado y el iris no precisamente negro, aunque todos los poetas clamen por occhi neri como un don de Venus, mientras que las mismas diosas ostentaron el azul celeste, y los ojos castaños, de mirada alegre, ligeramente convexos; los párpados, blancos, con rojas venillas apenas visibles; las pestañas, ni demasiado espesas, ni demasiado largas, ni demasiado oscuras. La órbita debe tener el mismo color de las mejillas. Las orejas, de tamaño mediano y colocación perfecta, deben tener en las partes más curvadas un color más vivo que en las partes más planas; el lóbulo ha de ser transparente, con el tinte encendido de los granos de la granada. Las sienes han de ser blancas y planas y no demasiado estrechas. En las mejillas el color rosado ha de aumentar con la curvadura. La nariz, que determina esencialmente el valor del perfil, ha de disminuir hacia arriba muy suave y regularmente; donde acaba la temilla debe haber una pequeña elevación, pero no en forma que llegue a formarse nariz aguileña, que no es agradable en las mujeres; la parte inferior ha de tener un blanco frígido, y el tabique divisorio sobre los labios, ligeramente rosado también. De la boca exige el autor que sea más bien pequeña, pero ni adelantando en forma de hociquito ni aplastada; los labios no han de ser excesivamente delgados, debiendo armonizar entre sí; al abrirse casualmente (es decir, sin hablar o reír) deben verse, todo lo más, seis de los clientes superiores. Cosa muy especial y exquisita es, por ejemplo, el hoyuelo sobre el lado superior, así como un suave abultamiento en el labio inferior; una sonrisa seductora en el ángulo izquierdo de la boca. Los dientes han de ser color de no demasiado menudos y deben estar separados; las encías no deben ser demasiado oscuras ni del tono del terciopelo rojo. La barbilla redonda, ni puntiaguda ni aplanada, levemente rosada en la punta; su mejor gala es un hoyuelo. El cuello ha de ser blanco y redondo y más bien largo que corto; la nuez y la cavidad sólo insinuadas; la piel ha de plegarse bellament a cada movimiento. Los hombros han de ser anchos, y la amplitud de pecho constituye una esencial exigencia de belleza. No han de notarse en él los huesos, todo ascenso o descenso debe ser apenas perceptible y el color ha de ser “candidissimo”. La pierna debe ser larga, fina ejn los tobillos, per abultada y blanca en la pantorrilla-. El pie, pequeño, pero no flaco; el empeine –al parecer- alto y de color alabastrino. Los brazos han  de ser blancos y rosados en las partes salientes; su consistencia carnosa y musculosa, per, con la suavidad de los brazos de Palas ante los pastores del Ida, en una palabra, fuertes y graciosos. La mano exige que sea blanca, especialmente en el dorso, pero grande y algo llena, como seda fina, con pocas líneas en la rosada palma, más visibles y no cruzadas y sin depresiones no demasiado ostensibles; el espacio entre el pulgar y el índice, de vivo color y sin arrugas; los dedos largos, casi imperceptiblemente más finos en los extremos, con uñas claras y poco curvadas, ni demasiado largas ni demasiado cuadradas, cortadas en un saliente no mayor que el envés de un cuchillo.

Junto a esta estética especial, la general queda reducida a un lugar secundario. Las causas misteriosas que nos hacen juzgar “senza apello” en cuestón de belleza son también para Firenzuola un misterio, como abiertamente confiesa, y sus definiciones de los conceptos de “leggiadria, grazia, vaghezza, venustá, aria, maestá” son lo inefable. Expresa una bella definición de la risa cuando dice –con un autor antiguo, probablemente- que es el alma que se ilumina.

Hacia las postrimerías de la Edad Media, en todas las literaturas encontramos intentos de exposiciones dogmáticas –por así decirlo- de las reglas de la belleza. Per pocas obras de este género pueden compararse a la de Firenzuola. Brantôme, posterior en más de medio siglo, es un conocedor menos experto, porque le inspira la lascivia y no el verdadero sentido de la belleza.
(Pàgs. 280-282)

CAPÍTULO II
REFINAMIENTO EXTERIOR DE LA VIDA

Cuanto menores eran los privilegios que resultaban del nacimiento, mayor estímulo sentía el individuo, como tal, para hacer valer sus méritos y excelencias, y tanto más 1a vida social, por sus propios medios y propia iniciativa, hubo de limitarse y ennoblecerse. La apariencia misma del hombre y de cuanto le rodea, los hábitos de la vida cotidiana, son ya en Italia más bellos, más refinados que en los demás pueblos. De los palacios donde viven las clases elevadas trata la historia del arte. Sólo recordaremos hasta qué punto superaba en comodidad, en la disposición racional y armoniosa, al “stadthof” o “stadtpalast” de los grandes del Norte. La indumentaria cambia de tal modo que es imposible establecer un paralelo general con las modas de otros países, sobre todo si se tiene en cuenta que desde fines del siglo XV se imitaron estas últimas con frecuencia. La indumentaria de la época, tal como se nos ofrece en los pintores italianos, es la más bella y cómoda que existía entonces en Europa, pero no es seguro que fuese la indumentaria imperante ni que aquellas pinturas sean muy fieles. Pero lo que no ofrece la menor duda es que en ninguna parte se le daba al traje el  que se le concedía en Italia. La nación era y es vanidosa. Pero, además muchas personas graves veían en el traje más bello posible y que más favoreciese, un complemento de la personalidad. En un momento en que el traje era algo individual, en que cada uno llevaba su propia moda y hasta bien entrado el siglo XVI hubo personajes de calidad que tuvieron el valor de mantener esta costumbre. Otros sabían, por lo menos, poner la nota individual en la moda imperante. Es síntoma de decadencia el que Giovanni della Casa aconsejase evitar lo sorprendente o llamativo y le parezca inconveniente desviarse en esto de la moda general. Nuestro tiempo, que, por lo menos en lo que se refiere a la indumentaria masculina, ha hecho suprema ley el no destacarse ni llamar la atención, renuncia con ello a ventajas “más grandes de lo que ella se figura.  Cierto que con esto se ahorra mucho tiempo, y ya esto sólo -según nuestra norma de personas ocupadas- equilibra toda desventaja, compensándola.

Durante el Renacimiento había en Venecia y en Florencia trajes prescritos para los hombres y leyes suntuarias para las damas. Donde la indumentaria era libre, como en Nápoles, los moralistas comprobaban, a veces 1amentándolo, que ya no se advertía 1a menor diferencia entre nobles y burgueses. Se lamentaban además del ya vertiginoso cambio de las modas y (si interpretamos acertadamente las palabras) del necio acatamiento a todo lo que venía de Francia, como si no fuesen con frecuencia modas originariamente italianas lo que, sencillamente, los franceses les devolvían. Hasta qué punto fue útil al común atavío personal el cambio de las formas indumentarias, así como la aceptación de modas francesas y españolas, no hemos de dilucidarlo nosotros. Pero también aquí ha de verse, desde el punto de vista de la historia de la cultura, una prueba de la agilidad de la vida italiana en general en aquella época alrededor del 1500.

Especial mención merece el interés de las mujeres per mejorar su aspecto con toda clase de afeites y artificios. En ningún país desde la caída del Imperio Romano, se ha intentado corregir en tal grado la figura, el color del cutis, los cabellos, etc., como en la Italia de aquel tiempo. Todo tendía a un determinado modelo, aunque fuera menester recurrir a las más sorprendentes y cómicas mixtificaciones. Prescindimos por completo aquí de la indumentaria propiamente dicha de moda en el siglo XVI  -abigarradísima y recargada primero, de más noble y depurada opulencia después –para limitarnos a lo que se refiere al tocador en sentido estricto.
(Pàgs. 298-300)

(Savonarola / Venècia)
Y así pudieron celebrarse el último día de Carnaval del año 1497 y el mismo día del siguiente año los grandes autos de fe en la Plaza de la Señoría. Elevábase allí una pirámide escalonada semejante al “rogus” en que se incineraban los cadáveres de los emperadores romanos. Debajo de todo, junto a la misma base, se veían caretas, barbas postizas, trajes de máscara; encima libros de poetas latinos e italianos, entre otros el Morgante de Pulci, las obras de Boccaccio, de Petrarca, preciosos pergaminos y manuscritos con miniaturas; venían luego adornos y útiles femeninos de tocador, perfumes, espejos, velos, rodetes; más arriba, laúdes, arpas, tablero de ajedrez y barajas; por último, en las dos capas superiores se veían cuadros, especialmente pinturas que representaban bellezas femeninas, unas bajo los nombres clásicos de Lucrecia, Cleopatra, Faustina, otras retratos directos de las bellas Bencina, Lena Morella, Bina y María de Lenzi. La primera vez ofreció un mercader veneciano a la Señoría veinte mil escudos de oro por la pirámide. Por toda respuesta le retrataron y añadieron su retrato a los demás. En el momento de prender fuego a la pirámide aparecía 1a Señoría en el balcón y el aire se llenó de cánticos, sones de trompeta y tañidos de campana. Se organizaba después un desfile per la Plaza de San Marcos, con asistencia de todo el partido, que giraba en unos triples círculos concéntricos: y en el interior, los frailes de aquel convento, alternando con niños disfrazados de ángeles, luego los religiosos y seglares jóvenes y, finalmente, los viejos, ciudadanos y sacerdotes, éstos coronados de olivo.

Toda la, burla de los adversarios, al cabo vencedores -ciertamente ni motivos ni talento para ello les faltaban- fue impotente para empequeñecer el recuerdo de Savonarola. Cuanto más triste se revelaba el destino de Italia, con más clara aureola se sublimaba en la memoria de los vivos la del gran monje y profeta. Sus vaticinios no se cumplieron en detalles, pero se cumplió de modo demasiado terrible la catástrofe general anunciada por él.
(Pàgs. 378-379)


Jacob Burckhart. La cultura del Renacimiento en Italia. (Die Kultur der Renaissance, trad. J. Ardal). Ed. Sarpe, Madrid, 1985. ISBN: 84-7291-903-X. 432 pàgs.


Fragment del Naixement de Venus de Botticelli


Fragment de La Primavera de Botticelli




Precedència de les imatges: http://martinarium.wordpress.com/2012/03/22/la-mas-bella-del-renacimiento/


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No trataremos pormenorizadamente todo lo referente a la vida cotidiana, sino aquello que más condicionaba la época. En ese sentido, es imprescindible la referencia a la higiene, algo que preocupaba a los pensadores, y aquí de nuevo es preciso aludir a Luis Vives. En la Surrectio matutina, Beatriz, la criada, coge al vuelo a los muchachos que se iban a la escuela sin ver el agua:

Beatriz: ¿Cómo, sinlavaros  manos y cara?

Tanto exceso provoca la protesta de los chicos:

Manuel: Paréceme que no vistes a un muchacho, sino que acicalas a una novia.

Otra norma era lavarse las manos para sentarse a la mesa; tal lo querían los humanistas. Pero poco más. Los baños entre los ciudadanos de las repúblicas cristianas eran raros, en contadas ocasiones y muy sonadas. Algunos diarios de la época, hechos con preocupaciones económicas más que literarias, y por eso más fiables, nos dan una pobre estampa. Así, Girolamo da Sommaia, el estudiante florentino que vive en Salamanca a principios del siglo XVII, sólo anota en su Diario algún que otro lavado de pies y un baño particularmente cuidadoso, el día de su santo .

Por supuesto, eso en relación al área urbana, pues en el campo la situación era mucho más penosa. El campesino se ensuciaba con las tareas del campo y, harto fatigado con la dura jornada de cada día, sucio iba del trabajo a la mesa y así se acostaba. El mismo estiércol le manchaba manos y ropas, que para las tareas campesinas eran puros andrajos, guardando sólo cuidadosamente otras mejores para los días festivos. Eso lo hemos visto hasta en fechas recientes. No hay que olvidar que el abono de sus tierras, con el que mejoraba sus cosechas, era básicamente el conseguido con la cama vegetal de su ganado, beneficiaria con las defecaciones de las bestias, particular-mente del ganado mayor. Incluso también con el humano, pues sus viviendas podían ser de dos plantas -eso era ya un signe de prosperidad-, y en la segunda, sobre el establo, estaba el dormitorio familiar, con un hueco y su tapadera, por el que los hombres, mujeres y niños hacían sus necesidades, contribuyendo así al abono generado en la cuadra, al tiempo que lo hacían a resguardo de la intemperie. Peor era, ciertamente, cuando toda la familia compartía la misma habitación que los animales, de cuyo calor se beneficiaban en el invierno, tan largo y duro en la meseta castellana; pero, claro, también compartiendo sus olores y, en suma, la suciedad que generaban.

Una suciedad que quedaba bien de manifiesto en las partes del cuerpo, como el detalle tan significativo de un Sancho Panza que cuando quiere arrimarse a su señor Don Quijote, en la temerosa jornada nocturna de los batanes, nos dirá Cervantes que no se separaba del buen hidalgo ni la luna de una luna que, cierto, era de color dudoso. Y así leemos en el texto cervantino:

...mas era el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de          uña de su amo...

Porque, y eso es lo que parece claro, lo suyo es que las gentes, al menos el común de ellas, llevaran las uñas de ese color.

Suciedad, pues, y vivir con ella era algo habitual. Por consiguiente, chinches y pulgas eran las compañeras inevitables en el lecho, como los piojos lo eran en el cuerpo. Ya Luis Vives advertía de lo arriesgado que era llevar camisas con muchos dobladillos, porque en ellos se alojaban más fácilmente los bichejos:


...no quiero esta camisa del cuello colchado -nos dice-, sino aquella otra del cuello llano, porque estas arrugas en este tiempo, ¿qué otra cosa son sino nidos y cobijos de piojos y de pulgas?  

De nuevo bien vale el testimonio cervantino, en este caso en la aventura de la navegación en barca por el Ebro, cuando Don Quijote supone que ya han recorrido tanto trecho que bien podría ser que hubieran franqueado la raya equinoccial, y para cerciorarse no había como comprobar si aún quedaban piojos, porque tenía por cierta la leyenda de que los tales sucumbían en aquel instante; así que pide a Sancho Panza que lo averigüe en su persona:

-Y tórnote a decir que te tientes y pesques -urge Don Quijote a su escudero~, que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego de papel liso y blanco.
Tentóse Sancho -continúa el relato- y llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda, alzó la cabeza y a su amo, y dijo:
-O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonse vuestra merced dice, ni con muchas leguas.
-¿Pues què? –preguntó Don Quijote-. ¿Has topado algo?
-¡Y aun algos! –respondió Sancho...

Si bien este mismo relato no está diciendo que también aquí, en la higiene del cuerpo, se aprecian dos niveles. No es Don Quijote el que puede comprobar si habían pasado la línea equinoccial. Ha de acudir su escudero Sancho Panza. Era el pueblo el hundido en la suciedad.


Manuel Fernández Álvarez . Felipe II y su tiempo. Ed. Espasa Calpe, Madrid. 7ª ed. 1999. ISBN: 84-239-9736-7. 984 págs. Págs. 243-245. 

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Per les cartes que conec de la reina Maria, no resulta pas que fos inclinada a extravagàncies ni a desafiar l’opinió ap apartant-se per caprici que pertocava al seu llinatge. Quan va saber, pel novembre del 1423, la pròxima arribada del rei després de la seva primera primera expedició a Itàlia, la desvetllaren tant els preparatius com la incertesa del port on baixaria a terra. La reina era jove: vint-i-dos anys, però es refiava poc del seu atractiu; reconeixia que tenia la «cara gastada» i va fer cridar una dona hàbil en l’art cosmètica, esmentada més d’una vegada en les cartes, perquè anés a trobar-la amb «totes aquelles coses que entendrets sien necessàries per a la cura». Durant l'estada del rei a Barcelona i a Saragossa, en aquell breu parèntesi que tornà el rei al costat de la reina, sovintegen els encàrrecs de perfums fets per ella: aiguanaf i aigua per a rentar les mans, herbes oloroses fàcils d’aconseguir a la moreria de València, perfums sevillans «car entre los otros hemos placer de aquéllos...». El vell confessor de la reina fra Antoni de Carmona, dominicà, «lo padre» o «el padre» com per antonomàsia era designat a les cartes de la reina i que era de parla castellana, va alarmar-se un poc davant aquell canvi sobtat de la seva filla espiritual, però ella va tranquil·litzar-lo. Els «arreos» no eren cosa de vanitat ni tampoc indici de poca perseverança en els seus propòsits. És que plaïen al rei .

AADD. Antologia d’estudis històrics. Edicions 62, Barcelona, 1990. ISBN: 84-297-3136-9. 482 pp. P. 123
Alfons el Magnànim i la reina Maria. L’espiritualitat, la voluntat i el caràcter em dos reis del Renaixement. Jordi Rubió i Balaguer. [Reproduït de La cultura catalana del Renaixement a la Decadència, Edicions 62, Barcelona, 1964, pp. 49-77]


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“...Una dona desperta sempre tindrà recursos per dissimular les seves imperfeccions. Amb cosmètics. O amb ganyotes manyagues. Et fa una picada d'ullet o et treu una mica la llengua i ja li perdones la vida. És paradoxal però és així: és dormint com millor defensa una dona la seva bellesa! I només el bes del crític l'il·luminarà finalment amb tota la seva esplendor, quan la desperti i es mirin els ulls»

Paraules de Rufus el vell. Bernat Puigtobella. Article L'Avenç, 364, pàg. 17, Barcelona, ISNN: 0210.0150
Dona que dorm (Vanitas) (1544), de Georg Penz.


Las niñas no quisieron saber más. Tomaron prestada una gorrilla y un tocado de los señores de Bobadilla, los castellanos, y a doña Clara le pidieron unos collares de concha, que a veces se los dejaba para jugar, y le quitaron el pomo de rojete que se daba en las mejillas para estar más hermosa y un palo de raíz de nogal para pintarse los labios la que hiciere de Isabel. E disfrutaron mucho...

(p. 49)

Además, que doña Juana llevaba mala fama y se pintaba las rodillas con rojete de la cara para que los hombres la vieran al descabalgar y se fijaran más en ella, lo que no es de mujer decente ni menos de reina.

(p. 57)

Se comentó además que la doncella había pintadas las cejas y perfilada la raya de los ojos con tintura de azafrán, sin necesidad de rojete en las mejillas, pues ya traía mucho arrebol del contento, del miedo, del susto o de 1o que llevare en su corazón, resultando muy bella...

(p. 163)


La bisabuela, que le estaba enseñando a una de las nuevas criadas a preparar la crema de arvejas que se aplicaba en la cara cada mañana, ...

(p. 240)

Así que la marquesa e María, que se encontraba en la misma situación, se dedicaron a hacer crema de arvejas para tratar de remediar las arrugas de la cara.

(p. 483)

Cuando llegó Gonzalo Chacón a buscar a las marquesas, éstas ya estaban ricamente aviadas con los vestidos de sus bodas, pintadas de cara, con rojete en las mejillas, bellas en fin.

(p. 307)

Ángeles de Irisarri. Isabel, la reina. Ed. Folio, Barcelona, 2006. 518 pg.

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